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lunes, agosto 22, 2016

OLIMPIADAS Y LITERATURA



Por estos días, es imposible sustraerse a lo que sucede en Londres con los Juegos Olímpicos, ya que la información se ramifica e invade cual si fuera una planta omnívora todo nuestro ajetreo cotidiano. En el café o en casa  los diarios y la televisión se encargan de traernos imágenes y relatos de las últimas competencias, en el trabajo internet actualiza los resultados al instante; y todos opinamos como expertos sobre deportes que hasta hace un mes sospechábamos vagamente que existían: el judo, la esgrima, remo, tiro, arquería, gimnasia con anillas, etc.
Millones de personas en todo el orbe disfrutan con este pasatiempo inventado por los griegos, que en los últimos tiempos si hay algo que no conocen es el disfrute, precisamente. Los Juegos Olímpicos nacieron en el siglo VIII a.C en la ciudad de Olimpia. Eran juegos culturales y religiosos, y si le hemos de creer al poeta griego Píndaro, fue Heracles el que los organizó y les llamó juegos olímpicos en honor a su padre Zeus. Los juegos sirvieron para que cada cuatro años las “polis” griegas dejaran sus continuas rencillas por unos días y concurrieran con sus representantes a Olimpia. No solo había deporte, sino también cantos, danzas, certámenes poéticos y teatrales.
Píndaro (542-448 a.C) de Tebas fue el “primer periodista” de los juegos, aunque en realidad fue mucho más que eso, un extraordinario poeta que cantó a los atletas vencedores en un género complejo llamado lírica coral. En esos cantos podemos distinguir tres elementos: la temática mítica, que el poeta evoca de un modo libre y a través de alusiones e imágenes; un segundo elemento es la victoria atlética, que la trata en forma rápida y por último tenemos la conclusión ética, la lección que el triunfo, premio a la virtud, ofrece para gloria de quien lo logra. Aquí te dejo un fragmento de uno de sus poemas: “Y la gloria de Pélope desde lejos fulgura/ en las carreras de las Olimpíadas,/ donde rivaliza la velocidad de los pies/ y los audaces primores de la fuerza física./ Y el que vence consigue para el resto/ de su vida una muy dulce placidez,  gracias a los Juegos”.
Muchos siglos después de que el emperador Teodosio los prohibiera por considerarlos paganos, fue un barón francés, Pierre de Coubertin, quien puso en marcha los juegos modernos con la esperanza de reflotar ese espíritu olímpico que privilegiaba la paz, la competencia honesta y la unión del género humano. No tuvo mucha suerte don Pierre  y a tres de sus juegos en el siglo XX los arrolló la maquinaria bélica, y el espíritu olímpico se llenó de esquirlas y obuses; en la actualidad a los sirios poco les ha conmovido el espíritu olímpico y la guerra civil desdichadamente continúa. De la competencia honesta queda muy poco ya, y todos los días algún atleta se va expulsado de la villa olímpica, no porque allí se juegue a “Gran Hermano”, sino porque ha querido sacar ventaja mediante el dopaje. Ni comentar lo del amateurismo, figura que ha quedado en el más rancio de los olvidos. Todos los atletas que compiten viven de y para esa disciplina, y algunos ganan en un mes lo que muchos de nosotros no sumaremos en toda nuestra vida laboral.
Pero también es cierto que pese a toda la fanfarria mediática, es posible encontrar valores como la superación de los propios límites, la destreza, la habilidad, la fortaleza, el esfuerzo y la cooperación. Quizás por eso, estos juegos valgan la pena, quizás.

martes, julio 26, 2016

LUGARES


              
Siempre resuena en mi memoria aquella frase de Agustín de Hipona acerca del tiempo: “¿Qué es, pues el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo a quien me lo pide, no lo sé”. Perplejidad ante lo inasible y sin embargo visible, el tiempo se torna en esa especie de niebla que todos vemos,--¡ay, vemos sus obras en nuestros cuerpos!—y  sin embargo, al momento de intentar atraparla se desvanece en nuestras manos. Y en tren de rememorar citas, cómo olvidar aquel espléndido verso de Quevedo que sintetiza ese misterio del tiempo: “lo fugitivo permanece y dura”.

               No, no pretenderé aquí filosofar sobre el tiempo, sino simplemente intentar rozar su superficie, recorrer algunos lugares que muestran su piel huidiza. Hay dos cuentos sobre el tiempo que me han impactado como un torpedo en la sensibilidad y que tratan, por vías diferentes, de apresarlo. Uno de ellos se llama “Los siete mensajeros” y es del italiano Dino Buzzatti, al leerlo un escalofrío temporal difícil de resistir sube por mi columna, las grandes preguntas metafísicas sobre el tiempo están planteadas allí  a modo de parábola; el otro es una de las historias más lindas de la literatura argentina, se llama “Las doce a Bragado” y la escribió Haroldo Conti. En este cuento el tiempo está asociado con lo cotidiano, que suele velarnos su cara hasta que en determinado momento el velo se descorre y la confusión y el asombro impactan de lleno en nuestra humanidad. Vuelvo al cuento, son las cosas y sobre todos los lugares los que se van alterando por el tiempo, y el tío Agustín, el protagonista, reúne, ya viejo, en su cabeza los sitios del pasado y del presente.

               Algo similar al tío Agustín me sucede a veces con la ciudad en la que he vivido tantos años. Sucede lo que yo creía les ocurría únicamente a la gente de mucha edad, sin darnos cuenta que en realidad nos pasa a casi todos los que hemos doblado el codo de la vida. De alguna manera, los que permanecemos mucho tiempo en un lugar no vemos solamente el lugar a secas, sino que los lugares son una suma de capas temporales a la manera de las eras geológicas. Así, cuando vos lector o lectora pasás por determinada tienda, nos ves solamente ese local, en tu memoria también está aquella dueña que la atendía o el almacén en el que comprabas cuando tus padres te mandaban.

               Sí, me pasa ahora con la ciudad, y cuando estoy por el centro es inevitable buscar con la mirada el bar de la Fortunata y encontrar una tienda, o ver un nuevo edificio donde doña Exequiela despachaba el pan o la harina; y más allá la tienda donde el “pibe” García calzaba  los zapatos más brillosos de la ciudad. Las anchas veredas tratan de disimular los viejos surtidores de nafta que instaló José Daima. Tampoco están don Arroyo ni don Dahir para vendernos los primeros cigarros.

               Los lugares son los mismos, pero son otros, y uno siente que va perdiendo referentes, que la ciudad se hace un poquito más extraña cada día.
              

jueves, julio 14, 2016

CINE Y LITERATURA II



Hablamos anteriormente de las siempre complejas y ríspidas relaciones entre la literatura y cine; el innegable vínculo obliga a utilizar un concepto ya empleado que proviene del mundo de las letras: el de intertextualidad. Es innegable la gran cantidad de películas que tienen su origen en el mundo literario; pero más allá de temas compartidos están los procedimientos, en especial el de la narratividad y sus modos de plasmarla, presente en ambos géneros.

También la intertextualidad se da en el interior mismo del campo cinematográfico cuando una película remite a otra con diversas intenciones ya sea de crítica, homenaje, sátira, guiños humorísticos, etc. Hay diversas formas de intertextualidad en el cine como lo señala Pérez Bowie, estudioso de la teoría cinematográfica. Una de ellas es la modalidad del cine dentro del cine, es decir hay una historia cuyos personajes se transforman en espectadores que asisten a una función, esto se puede ver en dos películas del hoy desleído W. Allen, Misterioso asesinato en Manhattan”, allí los disparos que matan al asesino coinciden con los disparos que destrozan los espejos enLa dama de Shanghai” de Orson Welles que se proyectaba en ese momento en la sala. Es evidente el homenaje que Allen le hace a uno de los genios del cine. En “La rosa púrpura de El Cairo” hay una estructura que semeja a las cajas chinas, y explora la ficción dentro de la ficción, los personajes que salen de la pantalla y se relacionan con los espectadores.

Otra forma de intertextualidad es la de mostrar aquello que sucede detrás de la pantalla, especialmente el proceso de realización de un film ya sea como autocrítica; pienso en Ocho y medio” de F. Fellini, allí el maestro italiano repasa su vida en medio de una crisis creativa. “Cantando bajo la lluvia” de Donen es en opinión de este cinéfilo aficionado una de las cimas del género musical, interpretada por el inolvidable G. Kelly narra el intento de Don Lockwood por filmar musicales. Quiero rescatar un documental argentino “El ambulante” realizado por tres directores a modo de homenaje sobre el cineasta Daniel Burmeister, quien cargado con un pequeño equipo y a bordo de su desvencijado auto, anda miles de kilómetros ofreciendo de pueblo en pueblo la creación de un film interpretado y realizado con la ayuda de los vecinos de cada localidad a cambio, únicamente, de casa y comida. Esa aventura a su vez es registrada por los directores y da cuenta del proceso creativo de Burmeister, y muestra asimismo cómo se hace una película, la búsqueda de los escenarios,  la selección de actores,  la edición y la proyección.

Una pequeña variante sobre el cine dentro del cine es la asistencia de personajes a una sala de proyección, generalmente hay un componente nostálgico ya que hacen foco sobre la infancia o adolescencia del personaje. Seguramente te viene a la memoria la cálida “Cinema Paradiso” de Tornatore, una verdadera historia de amor por el cine.

A veces una película incluye fragmentos de otras que le precedieron, es un procedimiento que busca citar para dar mayor verosimilitud al relato (por ejemplo amigos que hablan sobre cine y al nombrar algún film se incluye un pequeño fragmento) o bien con intención de homenaje (suele figurar alguna marquesina con el nombre de una película o folletos o posters, no recuerdo los nombres pero he visto en varias la figura de Chaplin).

Quizá vos tendrás muchos más ejemplos del cine y la intertextualidad, espero que estos ejemplos hayan disparado tu memoria sobre el mundo que viviste dentro de una sala de cine.

jueves, julio 07, 2016

CINE Y LITERATURA


Las relaciones de la literatura y el cine han sido muy estrechas y también muy complejas y en algún punto polémicas. Son relaciones maritales viciadas, es decir hay siempre una rémora de tensión en ese vínculo ya que para muchos existe parcial o totalmente una irreductibilidad entre ambos lenguajes. Me propongo discurrir libremente sobre la presencia de algunos textos literarios en el cine. Esto técnicamente recibe el nombre de intertextualidad, ya que en un sentido amplio son dos lenguajes (literario uno y cinematográfico otro) conectados. En este caso particular son las historias de la literatura las que van a nutrir las historias del cine.


Es evidente que desde los inicios mismos del cine, éste se nutrió de diversas manifestaciones culturales más o menos próximas; nadie puede negar la influencia que tuvo la novela realista decimonónica, la novela romántica, el folletín, y formas teatrales como el melodrama y el “music-hall”. Durante décadas los héroes y heroínas del cine fueron “pixelados” según los estereotipos del romanticismo, así teníamos seres intachables y sin fisuras de un lado y deleznables sujetos como antagonistas. Varias son las razones por las que el cine le echa el guante a las obras literarias, enumero algunas: la garantía del éxito comercial apoyado sobre el éxito previo de la obra literaria (la saga Harry Potter es uno de los tantos ejemplos), la necesidad de encontrar nuevos argumentos, el prestigio artístico y cultural que puede proporcionar al film el texto literario (ejemplo de ello son las innumerables adaptaciones de obras clásicas de Sófocles, Shakespeare o Lope de Vega), el acceso al conocimiento histórico que un texto condensa,  también la interpretación personal que un director da a obras emblemáticas (la película de Al Pacino “Looking for Richard” sobre Ricardo III).

Hay diversas formas de intertextualidad literario-cinematográfica. La más evidente es la adaptación del texto para el cine que según la intención del director puede ir desde la puesta en imágenes de la historia que presenta, tratando de ser lo más fiel al libro; hasta su utilización como pretexto para que el director pueda dar a conocer su mirada personal sobre determinado asunto. Ya se sabe que las adaptaciones no siempre dejan conformes a los escritores o al público que quiere ver fielmente el libro en la pantalla. Un especialista en adaptar textos literarios al cine (con fortuna diversa) fue el español Rafael Azcona cuyos guiones están presentes en películas como “La Celestina” o “Los girasoles ciegos”.

Otra forma de intertextualidad suele ser el abordaje que hace el cine del campo de la literatura, así tenemos películas sobre la vida de escritores, sus problemas con la creación, el mundo editorial puede aparecer en ellas, también el argumento se puede centrar en la figura del lector. La simpática “Medianoche en París” de W. Allen puede ser un buen resumen de lo dicho. Puedo agregar “El cartero de Neruda” basada en la novela de Skármeta  y “La historia interminable” (sobre la novela de M. Ende) en la que un niño vivirá una aventura inolvidable al leer un libro mágico.

 Otra manera que establece el cine de interactuar con la literatura es mediante los guiños, las referencias, las citas que en muchos casos revelan la admiración o un homenaje del realizador. Ese procedimiento lo utiliza José Luis Cuerda en su película “La lengua de las mariposas” cuando el viejo maestro le regala al niño un ejemplar de “La isla del tesoro” de Stevenson o la referencia al poeta A. Machado. Y una última forma tiene que ver con la estructura del relato, la manera de contarlo. La ruptura de la narración literaria tradicional en pos de una forma más compleja de contar también es adoptada el cine.

Como ya lo sabemos por Perogrullo, un film proceda del universo literario o toque algunas de sus aristas, no es garantía de ninguna excelencia.


martes, junio 28, 2016

LITERATURA y PULPERÍAS



Hace ya un tiempo te hablé de mi predilección por los boliches. Pero no en el sentido que hoy es usado el término como lugar o espacio de baile; sino como un local de venta de comestibles y demás, con su anexo de mesas y mostrador en donde los asistentes toman una copa y juegan a las cartas o los dados, y más acá en el tiempo al metegol o billar. Estos locales tienen un olor inconfundible en los que se mezclan los aromas de las especias, del pan,  el tabaco rancio de los parroquianos y sus sudores y el olor a las bebidas con los demás artículos variados que se exhiben en las estanterías. Son claramente lugares pueblerinos o bien de la campaña. Cuando estos locales llegan a las ciudades o pueblos grandes se quedan en la periferia y comienzan a llamarse bares, pierden en su mayoría el expendio de mercaderías y quedan como un lugar de esparcimiento en el que se toma y se juega. Claro, todos tienen un antecedente ilustre, todos vienen de la misma matriz, la pulpería. Muchos de estos sitios han sido esenciales para el destino de algunos personajes de la literatura.

La suerte del gaucho Martín Fierro está maneada a las pulperías, porque qué hubiese sido de Fierro si no estaba aquella noche cantando en un baile cuando llegó el Juez de Paz con la policía y los reclutó a todos para la milicia. Ese es el germen de todas las peripecias de Fierro, de pasar de ser un gaucho aficionado al canto que vive libre y tranquilo a un gaucho matrero, desertor y asesino. En la pulpería del fuerte reclama su salario, esto lo enfrenta con sus superiores, por lo que toma la decisión de desertar. En otro baile en una pulpería mata al moreno y luego”Otra vez en un boliche/ estaba haciendo la tarde;/ cayó un gaucho que hacia alarde/ de guapo y peliador;/ a la llegada metió/ el pingo hasta la ramada,/ y yo sin decirle nada/ me quedé en el mostrador...”. Sigue una serie de provocaciones que terminan con la muerte de este gaucho peleador. Muchos años después Martín Fierro se reencuentra con sus hijos, ya grandes, en una pulpería. En ese mismo lugar ocurre la célebre payada del moreno con Fierro, cuya continuidad nos relata Borges en “El fin”.

También decisiva fue la pulpería, en las afueras de San Antonio de Areco, para la vida de Raucho, el jovencito deslumbrado por el arquetipo del gaucho: Don Segundo Sombra. Absorto por mis cavilaciones crucé el pueblo, salí a la oscuridad de otro callejón, me detuve en "La Blanqueada". Para vencer el encandilamiento fruncí como jareta los ojos al entrar al boliche. […]Oímos un galope detenerse frente a la pulpería, luego el chistido persistente que usan los paisanos para calmar un caballo, y la silenciosa silueta de Don Segundo Sombra, quedó enmarcada en la puerta”. El encuentro con Don Segundo cambiará completamente la vida del joven, quien gracias a su maestro se hace un hombre completamente diferente del chico huérfano y desdeñoso de sus tías.

¿Qué hubiese sido de las picardías del Laucha si no hubiese perdido el tren a Buenos Aires por quedarse a tomar una copa en la pulpería de la estación Benavidez? Gracias a esa copita, muy pronto se convirtió en dueño de una pulpería al casarse con la dueña, doña Carolina. Aquí la descripción del negocio que hace Payró en “El casamiento de Laucha”. La casa era bastante grandecita, con negocio de almacén, tienda, y un poco de ferretería. Tenía también un despacho de bebidas, con gran reja de fierro adelante del mostradorcito, y sin mesas, ni bancos, ni menos sillas, para que el paisanaje y el gringaje, no teniendo en qué sentarse, se largara en cuantito tomaba la tarde o la mañana”.

Como ves, cuando un personaje literario relacionado con el campo pasa por una pulpería, algo importante va a suceder, no tengas dudas de ello.

miércoles, junio 08, 2016

ALMUERZO



El 19 de mayo de hace 40 años sucedió uno de los almuerzos más célebres y polémicos de la literatura argentina y que traería luego innegables repercusiones que llegan hasta el presente. Los comensales: el dictador Jorge Videla, su secretario Villareal,  Ratti, presidente de la SADE, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y el padre Leonardo Castellani. El almuerzo tenía como objetivo explícito, al parecer, hablar sobre el estado de la cultura argentina. Es evidente que detrás de esa intención había otras soslayadas y de mayor peso como legitimar desde el prestigio de dos escritores que apoyaron el golpe, el nuevo gobierno de facto.

Sobre esas dos horas de reunión hay tantas versiones de allegados, estudiosos e inclusive de los propios protagonistas de lo que allí se habló, que es materialmente imposible que tantas cosas hayan podido decirse en tan poco tiempo. Videla sostuvo que en la antesala del almuerzo, Borges lo saludó con un “¡Ave, César, vencedor de los peronistas!”. Sin embargo ninguno de los demás protagonistas menciona este hecho. Los más locuaces fueron Ratti y Sábato que traían diferentes proyectos sobre la ley del libro, los derechos de autor, etc. Los más parcos, Castellani y Videla.

Al salir y ante la requisitoria periodística, todos destacaron la figura del presidente. Culto, modesto, inteligente”, lo vio Sábato; Sereno, humilde, preocupado por conocer la realidad argentina”, sostuvo Castellani. Borges dio la nota, le agradeció personalmente por el golpe que salvó al país de la ignominia. Un mes después la revista “Crisis” procuró tener el testimonio de los tres escritores sobre el comentado almuerzo. El único que accedió fue Castellani y corroboró muchas de las cosas que se dicen en la columna. Además el sacerdote introdujo la política en la conversación “Días atrás me había visitado una persona que, sumida en la desesperación, me había suplicado que intercediera por la vida del escritor Haroldo Conti.  Yo no sabía de él más que era un escritor prestigioso y que había sido seminarista en su juventud. Anoté su nombre en un papel y se lo entregué a Videla, quien lo recogió respetuosamente y aseguró que la paz iba a volver muy pronto al país”.
No sólo la paz no volvió pronto, tampoco Conti, y lo que siguió fue una enorme pesadilla de la que muchos no despertaron.