miércoles, marzo 15, 2017

HOTELES y ESCRITORES


      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de “no lugares” (como los llama Marc Augé) en los que la gente está en tránsito y apenas establece vínculos con las demás personas. Es así, pese al esfuerzo del sector empresario por incluir en los hoteles actividades propias de la vida cotidiana de la gente, como son los gimnasios, lugares de esparcimiento, etc. 
      El mundo actual no se caracteriza por entregar desde lo comercial productos muy originales, está más preocupado por la cantidad que por la singularidad, y esto se ve en las grandes cadenas de hoteles internacionales que brotan como acné juvenil en todo sitio potencialmente beneficioso para ellas. A diferencia de los viejos hoteles de principios del XX, la cualidad esencial de estos nuevos sitios de nuestro siglo es parecerse. Por eso al despertar en una de sus habitaciones, uno no sabe si está en Buenos Aires, Cancún, Nueva York o Río de Janeiro, ya que nada las distingue de un lugar a otro.
      Aquellos grandes hoteles de finales del XIX y comienzos del XX tenían singularidad, no se parecían en nada entre sí y aportaban cierta distinción entre bohemia y señorial. Quizás sea por eso que algunos escritores los adoptaron como propios y vivieron y escribieron en ellos, transformándolos en la propia morada, en un sitio permanente. Cada vez que paso por esa maravilla arquitectónica que es el  hotel Castelar en Avenida de Mayo, no puedo menos que recordar que allí vivió muchos años el poeta y ensayista entrerriano Carlos Mastronardi, el de versos como “Un fresco abrazo de agua la nombra para siempre;/ sus costas están solas y engendran el verano./ Quien mira es influido por un destino suave/ cuando el aire anda en flores y el cielo es delicado”. Lástima que la página web oficial del hotel en la actualidad ni siquiera lo menciona. Sí lo hace con Federico García Lorca, quien estuvo en ese hotel durante los años 1933 y 1934, cuando realizaba temporada teatral en Buenos Aires; hoy la habitación del poeta se ha restaurado tal como estaba cuando la ocupó Federico.
      El hotel Chelsea tiene más de ciento veinte años, es patrimonio histórico de Nueva York, y un ícono de un tiempo en que algunos hoteles eran lugares permanentes para los artistas. Sus paredes guardan las voces, los gestos, las andanzas de personajes que fueron parte central de la historia del siglo que se fue. Me quiero detener únicamente en algunos escritores que vivieron en el hotel y al amparo de sus salones egregios escribieron textos que quizás vos lector/a hayas leído.
       Arthur Miller, además de ser conocido como el marido de Marilyn Monroe, es un dramaturgo ineludible del teatro contemporáneo, entre sus títulos más renombrados podemos citar a “La muerte de un viajante” o “Panorama desde el puente”. Miller se instaló en el Chelsea para escribir “Las brujas de Salem”, y se tomó su tiempo…, vivió en el hotel siete años hasta que finalizó la obra que alude en forma elíptica a la “caza de brujas” que en la década del 50 sufrieron muchos intelectuales de manos del senador  Joseph McCarthy.
      Arthur C. Clarke, el autor de “2001, odisea en el espacio” escribió esta obra en las habitaciones del hotel. Viejos empleados cuentan que escribía de noche y con un telescopio en su habitación con el que se pasaba horas examinando el cielo.

       Como todo gran edificio antiguo que se precie, también tiene sus fantasmas. Algunos residentes y huéspedes aseguran haber visto deambular por el hotel a Dylan Thomas, el autor de “Retrato de un artista adolescente”, quien murió alcoholizado en una de sus habitaciones.

miércoles, marzo 08, 2017

PERSISTENCIAS


      Hay una frase de Theodor Adorno (1903-1969) que es quizás injustamente más célebre que toda su importantísima obra. La frase tiene innumerables variantes pero te resumo la idea más o menos así: “ya no es posible escribir poesía después de Auschwitz porque es un acto de barbarie”. Hay libros enteros dedicados a la bendita frase que pone en tela de juicio no sólo la poesía sino la función general del arte ante el horror. Para algunos la idea de Adorno es desafortunada, marca un egocentrismo de clase que pretende clausurar el arte; para otros lo que el pensador judeo-alemán resalta es que ya no se puede hacer arte de la misma manera después de los campos de exterminio nazis.
      No conozco lo suficiente la obra de Adorno para hacer una disquisición filosófica sobre esta idea, eso sí, me interesa reflexionar sobre algunos aspectos que quedan boyando vaya a saber por qué regiones del cerebro luego de leerla una vez más.
Juan Gelman, el poeta argentino, que de horrores padecidos sabe y mucho, dijo algunas palabras con las que me identifico: “Para contestar [a la frase de Adorno] ahí está la poesía de Paul Celan. Yo pensé durante mucho tiempo que el error de Adorno era no haber dicho que, ‘después’ del horror de los campos de exterminio no era posible escribir poesía como ‘antes’. Ahora pienso que el error era el ‘después’, que estamos ‘durante’ Auschwitz. No ha habido un solo día sin guerra en el mundo. Y si en algún momento no ha habido genocidios violentos, ha habido el genocidio silencioso del hambre”.
Ahí está la clave del asunto, el porqué de esa idea adorniana que siempre tuvo un ronroneo inconformista, un ruido inarmónico allá en el fondo de la consciencia. Creo que la frase tiene una repercusión demasiado grande y que se puede explicar por ser quién es su autor y por provenir de la academia europea. No me gusta porque es demasiado eurocéntrica para un latinoamericano.
A lo largo de los siglos, sobre todo desde la llegada de Colón a nuestro continente, Europa ha sido el mayor centro de violencia “civilizatoria” del planeta. Esa violencia la ejerció sistemáticamente en África, Asia y América. Millones de indígenas fueron exterminados desde Tierra del Fuego a Alaska en un puñadito de siglos por europeos o sus descendientes; millones de negros fueron capturados, vendidos, esclavizados y muertos por hombres “civilizados”. Sin embargo no escuché nunca a ningún escritor americano o africano o asiático decir ante esos horrores que ya no era posible escribir poesía o cualquier género.
      La idea de la separación y el confinamiento de un grupo de personas con características comunes es tan vieja como la humanidad misma; un primer germen de los campos de concentración en los últimos tiempos es la  experiencia realizada a fines del siglo XIX por los españoles en Cuba. Allí se encerraba a los campesinos en pueblos que se transformaban en gigantescas prisiones para evitar que apoyaran al movimiento independentista. Estos campos de concentración sirvieron luego de modelo a los ingleses en Sudáfrica durante la guerra de los Bóers. Ambos tienen en común el hambre, el hacinamiento, las enfermedades contagiosas, la tortura y la muerte.
      Es decir Auschwitz no es una excepción sino casi una constante en la violenta historia europea. Lo que cambia con Auschwitz es que por primera vez las víctimas son también europeas y no como había sido siempre, extracontinentales; y cambian los métodos artesanales de exterminio por una sofisticación cuasi “industrial” del horror.

      Es posible escribir, pintar, esculpir, actuar, crear, siempre. Porque a pesar del infierno, el bicho humano se las ingenia para hacer con el estiércol el abono desde donde brotará la rosa.  

jueves, marzo 02, 2017

NIÑOS II




      Un atento lector me recordaba otros niños y niñas de la literatura. Claro no podemos olvidar a Moncho, el niño deslumbrado por las enseñanzas de su maestro Don Gregorio en el cuento de Rivas, “La lengua de las mariposas”. Esa relación fraternal y de conocimiento de maestro-alumno es cortada abruptamente por el inicio de la guerra que encarcela al maestro y que hace al niño víctima del miedo y la hipocresía social. Así Moncho, confundido por todo el espectáculo de los detenidos que suben a un camión mientras la turba les grita, impelido a adoptar la conducta de los demás, solo puede articular algunas palabras que son esenciales para él y que lo unieron al maestro. Disculpá que te revele el final pero es una muestra clara de cómo el mundo de los adultos a veces emponzoña a los niños: “Cuando los camiones arrancaron cargados de presos, yo fui uno de los niños que corrían detrás lanzando piedras. Buscaba con desesperación el rostro del maestro para llamarle traidor y criminal. Pero el convoy era ya una nube de polvo a lo lejos y yo, en el medio de la alameda, con los puños cerrados, sólo fui capaz de murmurar con rabia: ‘¡Sapo! ¡Tilonorrinco! ¡Iris!’.
      Las vivencias del aula en la infancia están también en este poema de A. Machado: “Con timbre sonoro y hueco/truena el maestro, un anciano/ mal vestido, enjuto y seco,/ que lleva un libro en la mano.// Y todo un coro infantil/ va cantando la lección:/ ‘mil veces ciento, cien mil; mil veces mil, un millón’. Todo esto sucede tras los vidrios de una mañana fría, otros cristales también empañados atrapan la mirada de los niños según Lorca: La tarde equivocada/ se vistió de frío.// Detrás de los cristales,/ turbios, todos los niños,/ ven convertirse en pájaros/ un árbol amarillo”.
      Lejos del cobijo de los cristales, en la intemperie de la vida está el “Niño yuntero” de Miguel Hernández, un alegato fuerte contra la explotación de los niños en el campo: “Empieza a sentir, y siente/ la vida como una guerra,/ y a dar fatigosamente/ en los huesos de la tierra.// Contar sus años no sabe,/ y ya sabe que el sudor/ es una corona grave/de sal para el labrador”.
      Un cuento emblemático, pleno de sugerencias y lleno de hipótesis de lectura es “Teddy” de Salinger. Cuenta la historia de un chico de 10 años especialmente inteligente e intuitivo, que entabla una conversación con un hombre en un barco. De esta charla salimos convencidos que el entendimiento y la percepción del chico son excepcionales, y que puede intuir inclusive hasta el día de su muerte.
      Haroldo Conti hace del cuento una verdadera fiesta de la escritura, leyéndolo uno tiene la sensación errónea de que escribir así es fácil, recuerdo uno texto magnífico cuyo protagonista es un niño de una villa miseria, “Como un león”. Hay dos mundos opuestos, el mundo de la villa y el mundo exterior, ajeno a él. Lito afirma con orgullo el contexto social en el que vive y es criado, y, a pesar de que su hermano y su madre le dan la oportunidad de estudiar y convertirse en hombre de bien, cree que la educación no sirve, prefiere ocupar ese tiempo en la calle. Me acuerdo (…) de todos los que se fueron. (…) Sé que tarde o temprano iré tras ellos. Tarde o temprano la vida se me pondrá por delante y saltaré al camino. Como un león”.
      Si te ha sorprendido la llegada de un hermano menor, allá en tu infancia, te identificarás con Quico, el pequeño protagonista de la historia de Miguel Delibes, “El príncipe destronado”. El niño es el quinto de seis hermanos de una familia acomodada, que se encuentra desplazado por la venida de la última niña, Cris, y trata de recuperar el cariño de la familia.
       El inventario puede ser copioso, y habrá historias de niños y niñas en tu memoria que seguramente faltarán aquí.

jueves, febrero 16, 2017

NIÑOS

Hay una vieja frase que dice que el único paraíso perdido es el de la infancia. Aunque hubo un escritor (Benedetti) que agregó: “pero a veces, es un infierno de mierda”. Los niños en la literatura revelan, si se quiere, estas dos grandes y generales posiciones.
No hablo aquí de la literatura infantil tradicional tipo Caperucita, Hansel y Gretel; ni tampoco de la literatura infantil actual poblada de niños y niñas como es el caso, por ejemplo, de “Un cuento de amor en mayo” de Silvia Schujer, en el que se destacan sus dos queribles protagonistas: la patricia Clara Inés y el mulato Chicombú.
No, quiero referirme a algunos niños y niñas presentes en la literatura destinada a los adultos, aunque sé los reparos que pondrás a esta categoría literaria.No ando con ánimo polémico, lector/a, así que concédeme la simplificación.
Si hay que comenzar por algunos clásicos es imposible eludir al pícaro por antonomasia, el Lazarillo de Tormes, mozo de ciego, conocedor desde pequeño de cómo hay que procurarse el sustento gracias a su ingenio en un mundo hostil para los niños. También puede venir a tu memoria el infaltable Tom Sawyer. Pocos en su adolescencia no frecuentaron la novela de Mark Twain, por ella nos enteramos de la enormidad del río Mississippi y de los barcos de vapor, de la tía Polly y de su disciplina, de las siestas llenas de aventuras junto a Becky y Huck. Este último también nos lleva por aquel sur esclavista en “Las aventuras de Huckleberry Finn”. Conocemos parte de la geografía del río y las ciudades y pueblos que se levantan en sus orillas. Más descarnado y rebelde que su amigo Tom, Huck sobrevive gracias a su astucia de los innumerables peligros que se expone para salvar a su amigo negro Jim.
Louissa M.Alcott escribió otro clásico: “Mujercitas”, la historia de cuatro niñas durante la guerra civil estadounidense que todavía guardan hoy el encanto de las cosas viejas pero creo que todavía vigentes.
Oscar Matzerath es el protagonista de “El tambor de hojalata”, la novela de Günter Grass. A los tres años Oscar decide dejar de crecer y acompañado por su tambor repasa cerca de tres décadas de la vida alemana antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Novela por momentos muy dura con la condición humana, con una fuerte carga simbólica, y cuyo signo positivo lo da la música que se levanta pese a todo sobre la guerra y la maldad de los hombres.
 El tema de la infancia y los niños es el eje central que recorre la cuentística de Daniel Moyano, autor de “La espera”, un cuento cuyo protagonista, un niño, espera inútilmente al padre que prometió venir y no vino. “El perro y el tiempo” es un cuento extraordinario, el pequeño Gregorio logra tener una única propiedad, su perro “Flecha”, pese a las protestas de su tío, ya que no tienen cómo alimentarlo. Gregorio le da parte de su ración, aunque no puede evitar que se lleven el perro. El mundo de la infancia, con sus ilusiones y sobre todo las desilusiones, en medio de la pobreza, la orfandad y la crueldad de los mayores, sobrevuela muchos de los textos de este escritor riojano muerto en el exilio.
“Las Garras del niño inútil”, es una novela publicada hace poco por el argentino Luis Mey. El protagonista y narrador es Maxi, un niño de ocho años que relata su vida familiar junto a un padre alcohólico y golpeador que humilla a su madre y a sus hermanos.
Para Maxi su infancia está lejos de ser un paraíso y se parece más al infierno del que hablaba Benedetti.

lunes, enero 30, 2017

CÁRCELES III



     
“¿Cuándo será que pueda,/ libre desta prisión volar al cielo,/ Felipe, y en la rueda,/ que huye más del suelo,/ contemplar la verdad pura sin duelo?, dice Fray Luis de León en una de sus odas; y este poema nos introduce en una variante más de la cárcel, la variante simbólica. El cuerpo como cárcel del alma que tiene una antiquísima tradición, especialmente en el mundo oriental desde donde se irradió a occidente. Un antecedente filosófico importante de esta idea habría que buscarla en el orfismo y los pitagóricos y su creencia en la transmigración de las almas. Esa misma noción de un alma encarcelada en un cuerpo es la que tomará Platón para quien el alma y el cuerpo eran dos sustancias heterogéneas de muy diferente valor. La razón no tiene más que un camino a seguir en sus indagaciones; mientras tengamos nuestro cuerpo, y nuestra alma esté sumida en esta corrupción, jamás poseeremos el objeto de nuestros deseos; es decir, la verdad. En efecto, el cuerpo nos pone mil obstáculos…”
      Esta idea no necesitó abono en el terreno fértil del cristianismo, floreció inmediatamente en sus campos y en el Medioevo fue un tópico común el desprecio del cuerpo. Durante el Renacimiento europeo recobró nuevo vigor la filosofía platónica, de ella y de su sistema de pensamiento proviene este poema cuyo sujeto poético anhela el conocimiento absoluto que se logra desprendiéndose de nuestra materialidad.
      Muchos textos literarios medievales dan cuenta de la fecundidad de esta idea en el imaginario social. Así tenemos escritos como “La disputa entre el alma y el cuerpo” del siglo XII, en el que un cadáver en descomposición intercambia reproches con el alma, ya que esta lo culpa de su destino infernal. “Cárcel de amor” es el título de una de las novelas sentimentales más leídas durante los siglos XVI y XVII. En ella la alegoría es un elemento central de la narración como podemos leer en el comienzo de la obra: …yo soy principal oficial en la Casa de Amor. Llámanme por nombre Deseo. Con la fortaleza de este escudo defiendo las esperanzas, y con la hermosura de esta imagen causo las aficiones y con ellas quemo las vidas, como puedes ver en este preso que llevo a la Cárcel de Amor, donde con solo morir se espera librar”. No todo es alegoría, también hay cárcel en sentido lato, ya que la amada Laureola está en prisión y a punto de morir cuando Leriano y sus partidarios asaltan la fortaleza y la liberan.
      “Estrecha roca” le llama Garcilaso al cuerpo; y Quevedo vuelve una y otra vez sobre esta idea del cuerpo como claustro, en uno de sus sonetos dice: “Lo que el humano afecto siente y llora,/ goza el entendimiento, amartelado/ del espíritu eterno, encarcelado/ en el claustro mortal que le atesora”.
      La filosofía del siglo XX dio una vuelta de tuerca a esta concepción. Foucault fue quien invirtió los términos en su interpelación por el sujeto y la fuerza ideológica del estado; así ha afirmado “El hombre del que se nos habla y que se nos invita a liberar es ya en sí el efecto de una sujeción mucho más profunda que él mismo. Un ‘alma’ lo habita y lo conduce a la existencia, que es por sí misma un factor en el dominio que el poder ejerce sobre el cuerpo. El alma es el efecto y el instrumento de una anatomía política; el alma es la prisión del cuerpo”.
      La cárcel ha sido y es tema de la literatura porque es parte de la vida de los hombres; quedan muchas maneras de considerarla, pero ya está bien, no más barrotes concretos ni simbólicos.

viernes, noviembre 18, 2016

CÁRCELES II


      “Que por mayo era, por mayo,/ cuando hace la calor,/ (…)sino yo, triste, cuitado,/ que vivo en esta prisión;/ que ni sé cuándo es de día/
ni cuándo las noches son,/ sino por una avecilla/ que me cantaba el albor./ Matómela un ballestero;/ déle Dios mal galardón”
. Este pequeño poema ha viajado en el tiempo y los hombres de cinco o más siglos han recitado las cuitas de este prisionero ignoto pero cuya voz lastimera ha quedado para siempre en la memoria de la cultura. La cárcel no es una institución que nuestra especie puede exhibir con orgullo, muestra nuestra cara menos tolerable; pero como dijimos en la columna anterior en el ámbito irrespirable de un pequeño cuartucho muchos escritores han sacado provecho de esa experiencia para la literatura.
“En la Cárcel de Reading, junto al pueblo/ de Reading, hay un hoyo de vergüenza/ en donde yace un hombre miserable/ comido por los dientes de las llamas/ y envuelto en una sábana de fuego./ Sin nombre está su tumba abandonada”, dice esta bella estrofa de la balada compuesta por Oscar Wilde sobre un prisionero que fue ejecutado mientras el escritor cumplía su condena por sodomía, luego de un proceso célebre que escandalizó a la sociedad victoriana. “De profundis” sí fue escrita en esa cárcel y es una larga epístola a su amante Alfred Douglas. Para André Gide, la obra es, además de una mezcla de teorías “bastante vanas y espaciosas, el sollozo de un herido que se debate”. La experiencia de la cárcel fue desde lo personal el fin del brillante Oscar Wilde, que a los cuarenta y seis años murió exiliado e indigente en París. Una de las frases que escribe en su larga carta puede aplicársele perfectamente: “Muchos al salir de la cárcel se la llevan consigo, la ocultan como una desdicha secreta y durante largo tiempo se arrastran para morir en una agujero, como pobres bestias envenenadas”.
Como al pasar recuerdo a Antonio Di Benedetto, el célebre autor de “Zama”, a quien la experiencia de las cárceles del proceso dejó una grieta tan honda en su humanidad que jamás pudo reponerse. Cuando lo conocí, un año antes de su muerte en 1986, Di Benedetto era una sombra.
François Villon reúne el ideal romántico de poeta y salteador de caminos, bandolero y trovador. Su obra aúna el desparpajo ante la sociedad y sus reglas y su talento literario. Por robo, asalto, homicidio son algunas de las entradas a la cárcel. En 1462 es arrestado y condenado a la horca. En la cárcel escribió su célebre Balada de los ahorcados: “Oh hermanos, que vivís después de nosotros,/no nos cerréis los corazones piadosos,/ pues, teniendo piedad de nuestras pobres almas,/ Dios la tendrá luego de vuestros ojos/ que aquí nos miran. Juntos estamos cinco o seis/ y la carne que alimentamos a demasiado costo/ está, después de mucho, roída y putrefacta,y nosotros, huesos, nos volvemos ceniza y polvo./ De nuestros males no se burle nadie:/¡y rogad a Dios que nos absuelva a todos”! Un año después de su arresto, su pena fue conmutada y se lo desterró. Nada se sabe de su suerte posterior.
Otro escritor que eludió la condena, pero tuvo varias entradas a prisión, fue William Burroughs, uno de los integrantes de la “generación beat”, quien al parecer alcoholizado colocó un vaso de tequila en la cabeza de su mujer y le disparó, el tiro no rompió el vaso pero sí el cráneo de su esposa. Muerte accidental, dijeron los jueces mexicanos.

“El beso de la mujer araña” es una de las obras más reconocidas de Manuel Puig. Toda la novela se desarrolla en la cárcel, en la que sus dos protagonistas de caracteres antagónicos, mediante la convivencia terminan influyéndose mutuamente.

miércoles, noviembre 02, 2016

CÁRCELES



“Tu risa me hace libre/me pone alas/ soledades me quita/cárcel me arranca”, versos que vienen a mi memoria cuando inmediatamente pienso en los escritores y las cárceles. Miguel Hernández, el poeta de Orihuela, la padeció y la parte final de su obra poética fue escrita en las cárceles del franquismo que terminaron con su vida. Es evidente que la obra poética de Hernández sufre un cambio estético importante ante esa experiencia central.
      Las cárceles han sido un lugar inevitable de muchos escritores y escritoras en diferentes regiones del planeta. En la mayoría de los casos provocada por poderes intolerantes. En la actualidad el PEN Club registra alrededor de quinientos escritores que están privados de su libertad en diferentes partes del mundo.
      Te propongo hacer un recorrido por aquellos/as escritores/as para quienes la cárcel ha sido una experiencia singular que marcó su vida e influyó en su obra. Seguro que vienen a tu memoria casos emblemáticos del nazismo como los del escritor italiano Primo Levi y el del recientemente desaparecido Jorge Semprún.
      Primo Levi fue uno de los veinte judíos italianos que se salvaron en el campo de Auschwitz. Gran parte de su obra literaria tiene que ver con esa experiencia de diez meses en ese campo de concentración. “Si esto es un hombre” es el testimonio desgarrado de esa pesadilla diaria. Le siguieron muchas obras más, pero siempre el tema que vertebra a todas ellas es la guerra y el horror que los hombres les causan a otros hombres. En Levi la escritura además de ser un ejercicio de memoria, es también una herramienta de supervivencia.
      Semprún recrea una y otra vez su experiencia de detenido en el campo de Buchenwald. Hace unos días y en un discurso en su homenaje Henry-Lévy sintetizaba la obra de este español que peleó siempre por la libertad: “La literatura, su literatura, puestas en el torno de la imposible tarea de transmitir lo intransmisible de la deshumanización en Buchenwald”. Reescritura interminable de un pasado que nunca se decide a pasar y que gracias a la textualidad abre una ventana hacia adelante y permite una reafirmación de la vida.
      “El archipiélago Gulag” fue un libro emblemático en la década del 70. En él se cuentan las atrocidades vividas en los “campos correccionales” del régimen soviético por Alexander Solyenitzin. Ocho años de trabajos forzados por criticar en cartas privadas a Stalin. Una vez cumplida la condena, fue exiliado de por vida en Kazakistán. En ese largo exilio nacieron la mayoría de sus obras literarias que le valieron el Premio Nobel en 1970. Luego vino su exilio en Estados Unidos y posteriormente, ya en el final de su vida, la vuelta a Rusia. Solyenitzin como escritor sería impensable sin estas peripecias dramáticas que atravesaron su existencia.
      “De los nombres de Cristo” es una obra maestra de estilo. Todos los ejemplos de cómo utilizar la retórica en castellano se encuentran allí. Dicen que fue escrita en las cárceles poco gratas de la inquisición, entre 1572 y 1574, años en los que Fray Luis de León pasó allí confinado.
      La experiencia de la cárcel nos ha dejado estos testimonios y hay muchos más; algunos hablan que “El Quijote” se gestó en una de las entradas a prisión de Cervantes. Como quiera que sea, la vivencia carcelaria se manifiesta como un hecho fuerte que ha dado buenos frutos en la literatura.

HOTELES y ESCRITORES

      Los hoteles son lugares efímeros en nuestra experiencia. Están hechos para la circulación, para el paso rápido, son una especie de...